El ingeniero Alan Sánchez Pulido detalla cómo el brevísimo lapso entre ambos movimientos telúricos neutralizó la capacidad de reacción de las construcciones en Venezuela.
Verónica Cañas apenas tuvo tiempo para agarrar a su hijo de seis años y lanzarse escaleras abajo desde su departamento en Caracas. Mientras descendía, las paredes se fracturaban y la fachada se desprendía. A pocos kilómetros, Eduardo Burger observaba cómo un edificio en Altamira se deformaba como una ola, mientras otro perdía fragmentos de su estructura.
Ninguno sabía que aquello no era un simple terremoto, sino un fenómeno extraordinario. El 24 de junio, Venezuela vivió un doblete sísmico: dos movimientos de magnitud 7.2 y 7.5, separados por apenas 39 segundos. Ambos ocurrieron a poca profundidad —entre 10 y 20 kilómetros—, lo que propició que la energía alcanzara la superficie con virulencia y se sintiera incluso en Colombia, Brasil y el Caribe. Las autoridades reportan 589 fallecidos y cerca de 3,000 heridos.
Claves técnicas: placas, daños y resonancia
«La mesa del comedor empezó a agitarse; luego la intensidad creció desmesuradamente. Temíamos que el techo se desplomara», relata Verónica. Ella y su familia se refugiaron en una cancha deportiva, donde los sorprendió una nueva sacudida. «En México o Chile existe una cultura antisísmica, pero nosotros no estamos habituados», comenta.
Alan Sánchez Pulido, ingeniero civil y experto en daño estructural, explica que el origen está en la interacción entre la placa del Caribe y la Sudamericana, cuyo desplazamiento lateral pudo generar dos sismos de magnitud considerable en tan corta sucesión.
Lo extraordinario no fue solo la magnitud, sino el intervalo de 39 segundos. «Muchas estructuras sufrieron daños con el primer sismo. Cuando inmediatamente llega otro de similar intensidad, ya no hay oportunidad de reforzar o intervenir. La edificación ya no responde como fue diseñada», detalla. El primer temblor debilitó las construcciones; el segundo encontró estructuras que ya habían perdido capacidad para absorber la energía.
La misma calle, distintos efectos
¿Por qué inmuebles en la misma vía reaccionaron de forma tan dispar? Sánchez Pulido explica que cada edificio tiene un período natural de vibración. Cuando coincide con la energía del sismo, ocurre la resonancia, que amplifica el movimiento. Dos edificios aparentemente idénticos pueden comportarse de manera muy distinta.
A ello se suma el tipo de suelo. Venezuela tiene terrenos diversos —rocosos, arcillosos, blandos— que modifican cómo llegan las ondas. Sin embargo, el especialista señala que la normativa venezolana (Covenin 1756:2019) clasifica el suelo de forma muy genérica, a diferencia de México, donde existen herramientas precisas desarrolladas por la UNAM. «Cuando construimos, hacemos un traje a la medida para el suelo. Venezuela no lo tiene tan específico», afirma.
Incertidumbre y respuesta ciudadana
Miles de familias enfrentan otra incertidumbre: saber si podrán regresar a sus hogares. Verónica dejó su departamento porque la estructura está resentida. Carolina Armas, de 55 años, espera desde hace más de 12 horas la inspección de Protección Civil. «Las grietas en mi edificio son numerosas y profundas», relata.
Ambas coinciden en que los recursos son insuficientes frente al número de edificios afectados, especialmente porque los esfuerzos se concentran en La Guaira, la zona más golpeada. «Allí no hay luz, no hay señal telefónica. Hay familias desaparecidas», dice Verónica.
Eduardo Burger también vivió esa disparidad. Tras ver los daños en Altamira, encontró una de las escenas más impactantes: el derrumbe del edificio Petunia, de 13 pisos. Critica la falta de coordinación y equipo en las primeras horas. Organizaciones como Project HOPE alertan sobre la escasez de vendajes, suturas, medicamentos y herramientas para liberar atrapados.
Frente a eso, surgió la respuesta ciudadana. Iglesias, universidades y vecinos establecieron centros de acopio para enviar alimentos, ropa y medicamentos. La diáspora articuló plataformas digitales para localizar desaparecidos y coordinar donaciones.
La ayuda también llegó del exterior: EE.UU. comprometió 150 millones de dólares; México envió 250 elementos de defensa, perros y aeronaves; España desplegó unidades militares de emergencia.
Para Sánchez Pulido, la gran lección está en la cultura de la prevención. «Muchas veces solo nos preocupamos por un sismo cuando ya ocurrió. Dejamos de hacer simulacros y olvidamos que puede suceder en cualquier momento», advierte. «Puede ser en un minuto, en dos días o en 100 años. Lo importante es saber cómo reaccionar».
Mientras ingenieros evalúan estructuras y rescatistas buscan sobrevivientes, la población venezolana sigue organizándose, compartiendo recursos y sosteniéndose mutuamente.












